Hoy me he desayunado con la lectura de algunas secciones de los Presupuestos Generales del Estado 2013, probablemente con la ilusión de encontrar algún dato positivo con el que empezar el día y afrontar la crisis que nos tiene tan revueltos.

Me ha llamado la atención que al señalar los principales cambios, Moncloa haya recogido en su resumen de la web que se vuelven a recortar las subvenciones un 20% a las organizaciones empresariales –junto con sindicatos y partidos políticos-.

Hasta ahora, -no sé si coincidís conmigo-, las organizaciones empresariales que más subvenciones han recibido han sido las que se daba por hecho que mejor representarían los intereses de sus asociados. Sin embargo, el hacer depender su financiación principalmente de la subvención o de la cuota obligatoria y no de la calidad de la representación o de los servicios prestados, ha provocado en los últimos años una pérdida de calidad en la representación de los intereses de los asociados.

La crisis ha provocado que las organizaciones empresariales ya no regalen la inscripción y que las compañías o empresas se piensen muy bien si pagar 4.000, 6.000 ó 20.000 euros para ser representadas en una organización. Esta situación ha provocado un corrimiento de tierra para la representación de intereses empresariales, donde la representación ya no se limita a unas pocas organizaciones, sino que muchas compañías han optado por confiar su representación a organizaciones empresariales más pequeñas, pero más especializadas; más regionales, pero más efectivas con los gobiernos locales; menos reconocidas institucionalmente, pero más independientes; sólo sectoriales, pero más influyentes.

También prolifera la representación de intereses ad hoc, donde empresas o sectores con intereses incluso contrapuestos se unen para defender un interés común, saltándose la estructura –en ocasiones pesada- de las organizaciones empresariales históricas.

Percibo en el ambiente una competencia creciente entre las organizaciones empresariales para ganar adeptos, a los que ya no se les concede “el privilegio de pertenecer sin nada a cambio” sino que se les ofrece representación y servicios concretos que beneficie directamente a la compañía. Hace unos años todas negaban ser lobbies, ahora se definen como el lobby perfecto.

En definitiva, auguro una liberalización de la representación de intereses, donde una empresa se adhiera a una organización empresarial no porque no le quede más remedio sino porque le es útil y rentable.

En el marco de la esperada recuperación, considero condición sine qua non, la urgente necesidad de esta reforma social, donde haya organizaciones empresariales vivas que representen los intereses de sus asociados, con responsabilidad, transparencia y eficacia.

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